El desahogo (para “uno que sabe”)
Hoy recibí un nuevo mensaje del anónimo diciéndome que no tenía nada que escuchar de mí, repitiendo sus insultos y diciéndome, “ya me voy a encargar de que se sepa por otro lado que uno que escribe de comida se mea en los restaurantes”.
Pues mire, señor amargado, cibernético cabroncete anónimo, no le voy a dar el gusto. Ya lo estoy contando yo. Pero la historia entera. No la que usted pretendía colar con datos que no sabía, ni quiso saber, para juzgarme sin opción a abogado. Datos que fácilmente se pueden contrastar con el propietario del restaurante, mi buen amigo Jorge, o con Fernando, también muy buen amigo.
Y le contaré más, gratis: cuando salgo a divertirme soy bastante escandaloso, y me gusta cantar, tomar copas y reirme con mis amigos, todo el mundo lo sabe. Y, respecto a su rasgado de vestiduras, apuntaré que nunca he dicho o escrito que sea un Fernando Point o un Caius Apicuis, sino que soy un aficionado al que le gusta contar cómo cocina, exponerlo para que la gente se divierta y se ría conmigo, y hablar de música. Si quiere usted a gastrónomos excelsos, váyase a la guia Penin o a la Michelín.
Y ahora, finalmente, doña-Perfecta-de-la-espada-flamígera, desclasificado su tremendo secreto, con el que amenazaba con acabar con mis días de bloguero y mi prestigio, ahora y no antes, ahora va a venir la parte en la que yo le mando a usted a tomar por el culo con su puta hiel y sus amenazas de resentido. Y espero que le guste mucho.











